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Quién es Nu: las historias de cuatro programadores de nuestro equipo de ingeniería

Un carpintero luthier, una futbolista tatuada, un jardinero melómano y un coleccionista de mates cuentan por qué eligieron trabajar en Nu Argentina.

Hablan en jerga; dicen verbos tales como deployar. Son tan enfáticos en sus afanes (tan obstinados, tan perrunos) que no sueltan el hueso de un problema hasta que dan con una solución satisfactoria. Y también son empiristas: confían más en el viejo método de la prueba y el error que en las verdades inmutables. Son, en fin, programadores. 

Y he aquí, en este rincón del planeta, con lozana juventud pero con un largo pergamino de conquistas y recálculos, la historia de estos cuatro fantásticos. Les presentamos en este artículo sus historias de vida y por qué, sabiendo que tenían tantas opciones de trabajo -los programadores escasean en Argentina-, cada quien, por diferentes motivos, eligió trabajar en Nu. 

Agustín Méndez (27 años, Tech Manager)

El tocadiscos que se armó en su casa está hecho con partes de una caña de pescar, un motor de disco duro, hilo chorizero, un regulador de velocidad made in casa y una base de madera con pintura de auto naranja adherida con soplete. 

Agustín Méndez es programador, pero también carpintero aficionado. Aprendió durante varios veranos consecutivos en el taller de fibra de vidrio que tiene su padre en Villa Carlos Paz, provincia de Córdoba, Argentina, donde nació hace veintisiete años. 

Agustín comenzó a programar a los 9. Empezó con un diskette y el libro sobre tutoriales de Visual Basics que le prestó el tío de un amigo. A los 12, ya mudado a Villa Ballester, en Buenos Aires, se puso a modificar el primer videojuego de rol del país, que solía jugar en el cyber. “Juntábamos los bugs, es decir los errores, con mis amigos, y mientras ellos dormían, yo programaba durante la noche”, cuenta.

Se había hecho tan célebre en la comunidad de este juego que comenzó a recibir ofrecimientos de trabajo – el primero le llegó a través del celular un día que estaba en un recreo del último año de la escuela. Meses después estaba trabajando en una empresa de software de seguridad y trackeo de GPS. Eso significaba, por ejemplo, sentar la base tecnológica para que una ambulancia llegase lo más rápido posible al lugar del accidente. “Fue una época en que salvamos muchas vidas”, recuerda. 

Luego de aquello, Agustín entró en el mundo corporativo. Entre 2016 y 2018 trabajó en una empresa de Silicon Valley que tiene un hub tecnológico en Buenos Aires. “Fue fundamental meterme ahí; la gente de Silicon Valley hace todo bien: los métodos están bien aplicados, las áreas están coordinadas.” Allí, en medio de la crema y nata de la era digital, aprendió sobre criptomonedas y blockchain. Sin nunca dejar su cable a tierra -más bien su cable a la madera-, construyendo cosas en el mundo táctil.

— Cuando me mudé con mi novia nos hicimos una biblioteca de eucalipto y una mesa alta para la cocina de eucalipto y pino. Además, hice un violín eléctrico y un ukelele electroacústico.

Agustín en Nu

Antes de llegar a Nu, Agustín trabajó con un equipo internacional en una plataforma de realidad virtual impulsada por blockchain. En Nu, vino a hacer lo que más sabe: liderar la arquitectura técnica de los proyectos. 

— A mí me gusta Nu porque tuvo la osadía de lanzarse al mercado con una tecnología de punta y desde cero. Es una empresa que pudo ejecutar bien lo que se propuso, y en donde la gente hace todo para que las cosas salgan bien. En Brasil, los ingenieros son efectivamente usuarios del producto; en cualquier empresa de sistemas, eso marca la diferencia. Genera engagement, compromiso. 

Cuando vuelve a su casa, cada tanto, Agustín piensa en el mueble nuevo que está por crear, y pone la púa de su tocadiscos en esta canción. Se diría que tiene la precisión de un buen carpintero y la imaginación del gamer.  

Agustina Biscayart (33 años, Software Engineer)

En doce años de trabajo como programadora, Agustina Biscayart -33 años, nacida en en la localidad bonaerense de Chacabuco, siete tatuajes sobre su cuerpo (por ahora)- sólo convivió en sus equipos con otras tres colegas mujeres. La disparidad de género en el campo de la ingeniería y la programación es abismal.

Si en Argentina en 2017 se graduó una ingeniera cada 10.427 mujeres, en el país se recibió un ingeniero cada 3.238 hombres, según datos de la Secretaría de Políticas Públicas del Ministerio de Educación nacional. 

La historia de Agustina comenzó a los 21 años, cuando le ofrecieron una pasantía en una multinacional que posee un reconocido sistema de información imprescindible para abogados y contadores. Por entonces aprendió todo lo relativo al front-end, la especialidad que se dedica a convertir datos a una interfaz gráfica (lo que puede visualizarse en la pantalla de una app).

Se quedó más de seis años, entre 2007 y 2013, trabajando para Europa y las Américas, además de liderar equipos en Argentina y Australia. Cuando le dijeron que la esperaban en Sydney para iniciar una unidad de negocios, no cabía en su cuerpo. “Me recuerdo cruzando en ferry el Parramatta River, yendo a trabajar por la mañana con el sol en la cara”, dice.  

Después de trabajar en un marketplace global, una empresa tech que trabaja para carriers y una consultora en sistema de Estados Unidos, Agustina llegó a Nubank.

— Como pertenecemos a un rubro en el que tenemos mucho trabajo, el 90% de las propuestas a quienes somos de sistemas es un copy/paste. Cuando me llamaron de Nu, el trato fue personal. Y me atrajeron muchas cosas: que fuera una empresa que recién estaba arrancando en Argentina, es decir que no está todo aprendido; que cuando empecé a leer de Nubank en Brasil me pensé como clienta; y que me encantó la cultura. Me gusta trabajar en ambientes relajados y modernos, sin prejuicios, libres. Todo eso representaba Nu.

Agustina en Nu

Después de pasar por cinco entrevistas y un challenge (un desafío técnico), el primer día de trabajo de Agustina fue en las oficinas de Nubank en Brasil. Allí, nuestra ingeniera -que en su cuerpo tiene inscritas las palabras amor y vida en persa y juega fútbol 11 con botines de color rosa- dice que con lo que más “flasheó” fue con la diversidad. 

— No sólo porque las personas pertenecientes al colectivo LGBTTI+ no tenían que ocultar o matizar su elección de género, sino que me maravilló ver a personas con el pelo verde, o la remera corta o alguien de bermudas hablando con un hombre joven de traje. 

También quizá en esta elección haya algo irracional, un gusto, una estética, porque Agustina ama el reggae brasilero de Natiruts.

— Además -agrega- el producto financiero en sí es una bestialidad. Es impresionante ver cómo en seis años, habiendo arrancado con una computadora, Nubank tiene 20 millones de clientes en Brasil. ¡La cantidad de cosas que tengo por aprender acá! Es otro paradigma. 

En un único evento de reclutamiento, en agosto de 2019, Nubank Brasil recibió casi 3000 candidaturas de ingenieras mujeres. 

— Como banco digital, Nu es el futuro, lleva la tecnología a flor de piel -concluye Agustina-. ¿Terminar con la burocracia de los bancos tradicionales? Nos tengo toda la fe.

Lucas Cabrera (31, Software Engineer)

“La naturaleza es un buen complemento para un programador”, dice Lucas Cabrera, que todos los días maneja una hora y media hasta las orillas del Río de la Plata, donde Nu tiene sus oficinas porteñas. Viene desde Capilla del Señor, donde vive en el campo al lado de sus abuelos, que crían pollos.  

Cuarto hijo de un matrimonio de empresarios pymes, de 31 años, saxofonista y compositor musical, Lucas tiene tatuajes en el brazo que homenajean al Antiguo Egipto: Nefertiti, Tutankamón, el dios Horus. Comenzó a programar a los 18 años “porque quería hacer mis propios proyectos y no depender de nadie”, recuerda.

Al mismo tiempo, comenzó a trabajar configurando alarmas en una agencia de seguridad en horas de la madrugada. Estudió la tecnicatura en programación de la Universidad Abierta Interamericana. 

Su ingreso en el mundo corporativo fue de la mano de IBM, la destacada multinacional norteamericana de tecnología de la información, que lo becó para hacer un curso de Administración de Base de Datos. Trabajó después en una consultoría multinacional impositiva haciendo SAP, un sistema informático para la administración de recursos, en su caso, contables. 

— Estas empresas hicieron que me diera cuenta que lo mío era la programación; cada momento libre me enfocaba en aprender por mi cuenta.

Luego de trabajar en dos empresas de marketing digital, la trayectoria de Lucas siguió por casi cuatro años en el servidor (en el back-end) de una empresa de anuncios clasificados online a nivel global. Desde entonces, cuando “codea”, pone en sus auriculares AC/DC o Foo Fighters, de quienes tiene tatuada una frase en el torso: The best of you.

— Lidiar con un líder que ocupe un alto cargo de tecnología y que entienda las necesidades y los tiempos de los programadores es raro; bueno, eso encontré en Nu.

Lucas en Nu

Como todos los Nuvinhos -como llaman en Brasil a los nuevos-, Lucas fue a pasar una temporada en San Pablo para su onboarding, que es como llamamos al período de inmersión en Nu. Cuenta que vio gente entrar y salir de dos enormes edificios y que “no entendía nada”. Recién entonces comprendió lo trascendente que era Nubank en el contexto de las fintech de Latinoamérica, el banco digital más grande fuera de Asia.  

— ¿Qué pasa en una app si no ves en tu historial un producto que compraste en el pasado? -se pregunta Lucas- Nada. A lo sumo, te quejarás. Ahora, ¿qué pasaría si entraras en la app de un banco y encontraras un gasto que no efectuaste? Sería intolerable. En una app que se trate de tu dinero, no podés permitirte ningún error. Ese desafío me trajo a Nu. 

Cuando vuelve a su casa en el lejano verde bonaerense, Lucas prende un pucho, pone el “Preludio n. 1 en C Mayor” de Bach y se “despeja la mente”. Va de regreso a sus tres huertas, a su saxofón, a sus perras Tita, Minga y Panga, a su gato Heracles. El rock’n’roll lo espera en una pantalla porteña al día siguiente. Mientras tanto, la música del campo.

Matías Bargas (32 años, Tech Manager)

Matías Bargas trabajó como fotógrafo desde los 16 hasta los 23 años. Lo hacía para la casa de fotografía de sus primos en el centro de Berazategui, zona sur del Gran Buenos Aires. En su máximo esplendor, cubrió las fiestas como camarógrafo de una revista de paparazzi

Mayor de tres hermanos, oriundo de Sourigues -“un barrio de trabajadores con casas con patio, frente y perro”, dice-, a Matías le gusta que lo llamen por el apellido. Así que diremos que Bargas comenzó a programar luego de dejar los flashes. Antes había pasado por la carrera de Ingeniería en Informática de la Universidad de Buenos Aires y luego se había cambiado a Psicología. 

Entre fines de 2009 y fines de 2012, trabajó como consultor externo de Oracle, la conocida corporación multinacional de tecnología informática, dando cursos de programación, haciendo relevamiento de estructura y fungiendo como consultor técnico en países como México, Estados Unidos, Brasil, España y Holanda. Luego, cuenta que estuvo seis años en una empresa de Silicon Valley lidiando “con tecnologías que son top-notch en el mercado y en un ambiente de aprendizaje continuo”.

— En ese contexto, mi formación en psicología me posibilitó entender parte de los dos mundos: poder determinar lo que verdaderamente necesita una empresa y comunicarlo de manera efectiva. En Ingeniería pasa mucho que se entienden los problemas en un nivel técnico, pero se pierde de vista el panorama general.

Bargas, hay que decirlo, es un gran cebador de mates. Suele definirse como un coleccionista: tiene un juego de mate completo para tomar con su pareja y su hija, otro “para cuando viene la familia”, otro para las marchas y movilizaciones. Su canción favorita, de Viejas Locas, define su posición ética. Y es un fiel seguidor de los libros de Dan Ariely, especialista en psicología cognitiva y economía del comportamiento.

— Encontré mi lugar dentro del desarrollo. Es lo que más me gusta hacer, y lo que me hace sentir dignificado. Un Technical Manager cuida que la gente esté motivada, que su trabajo tenga un sentido personal. Es decir que mi tarea es conciliar lo mejor posible los objetivos de los miembros del equipo con los de Nu.

Matías en Nu

Después de haber transitado por el proceso de onboarding en las oficinas de Nubank en San Pablo, Bargas dice que hay dos cosas que lo motivan de Nu Argentina: (a) mantener la agilidad de estos seis años de crecimiento exponencial de Nubank en un país nuevo, y (b) trabajar en lo mejor de los dos mundos: ser una startup en Argentina, estando respaldados por la estabilidad de una empresa que es una de las pocas concebidas como unicornios digitales en Latinoamérica.

— Es como explorar un Nuevo Mundo, pero con un montón de soporte. Es como ser un explorador británico en el Mil Setecientos: tenés el imperio atrás, ¡pero sos vos el que está con el machete en la jungla!”

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